José Alonso Cornejo Sologuren nació el 10 de diciembre de 1989 en Arequipa, exactamente el día en que el mundo conmemora la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No es un dato anecdótico. Nació en un hospital público, tras un parto extremadamente difícil para su madre y para él, un nacimiento que rozó el milagro y que marcaría, sin saberlo, una vida profundamente ligada a la dignidad humana. Su nombre también tiene una historia: antes incluso de saber que sería padre, su papá soñó que tendría un hijo y que llevaría ese nombre.

Hijo de madre limeña y padre arequipeño, Alonso tuvo una infancia libre, de barrio y de campo, entre juegos con vecinos, escapadas a la chacra cercana a su casa y el sonido del tren que pasaba cada medianoche. Desde muy pequeño acompañó a su padre en viajes de trabajo por el sur del país, aprendiendo a mirar el Perú desde sus rutas, sus territorios y sus desigualdades. Ya entonces se distinguía por su trato cercano, su vocación de servicio y una sensibilidad temprana frente a la injusticia: no solo la percibía, sino que sentía la necesidad de nombrarla y actuar.

A los siete años, su vida cambió. Su padre perdió el trabajo y migró a Lima en busca de oportunidades. Poco después, la familia se mudó definitivamente. Empezar

de nuevo fue una constante. Estudió primero en colegios muy pequeños, casi familiares, hasta que ingresó al colegio parroquial Santísimo Nombre de Jesús, el espacio que marcaría profundamente su formación. Allí vivió su primer aprendizaje político: ganó las elecciones del municipio escolar, pero no le permitieron asumir el cargo por ser “demasiado nuevo”. Fue designado teniente alcalde. Aun así, terminó ejerciendo gran parte de las responsabilidades, escuchando y representando a sus compañeros cuando el alcalde titular no lo hacía. Fue su primer encuentro con una verdad que lo acompañaría siempre: la representación no es un título, es una práctica.

Durante el colegio se involucró intensamente en todo. Fue líder juvenil, catequista y actor principal en numerosas obras teatrales.

El teatro se convirtió en una escuela temprana de palabra, escena y empatía; la catequesis, en una escuela de trabajo con personas, organización colectiva y compromiso social. Fue líder de jóvenes y catequista durante muchos años, hasta el 2010, viajando por distintas partes del país con la iglesia y conociendo realidades diversas, lo que reforzó su sensibilidad social y su capacidad de acompañar procesos humanos desde el respeto y la escucha.

El año 2006, siendo presidente del Consejo Estudiantil de secundaria y en pleno contexto electoral nacional, marcó un punto de quiebre. Las injusticias se volvieron más evidentes y Alonso empezó a organizarse con presidentes de otros colegios para defender los derechos de estudiantes y trabajadores frente a abusos normalizados. La política dejó de ser una idea abstracta y se convirtió en una práctica cotidiana.

Ingresó a la Pontificia Universidad Católica del Perú inicialmente para estudiar Comunicación para el Desarrollo, pero pronto entendió que su camino estaba en la Ciencia Política. No abandonó su perfil comunicador: lo integró. En la universidad volvió a involucrarse en la vida colectiva hasta ser elegido Secretario de Comunicaciones del Centro Federado de Ciencias Sociales en 2011. En un año marcado por la polarización política, impulsó actividades culturales, espacios de debate y canales de comunicación interna que buscaban representar la diversidad de voces de la facultad.

Fue en esa etapa cuando conoció a TECHO, una organización que cambiaría su vida. Paralelamente, entre 2012 y 2014, trabajó como asistente de producción del

programa “Buenas Noches con Augusto Álvarez Rodrich”, uno de los espacios de periodismo político más influyentes del país. Empezó desde las tareas más básicas y terminó siendo responsable de la preproducción y coordinación general. Esa doble experiencia —medios y territorio— formó una mirada integral de la política: el discurso y la realidad.

En 2014 enfrentó una decisión ética decisiva: elegir entre un ascenso laboral o un viaje internacional de voluntariado con TECHO. Eligió el compromiso y perdió su trabajo. No se arrepiente. En 2015 se convirtió en el primer Director Nacional de Gestión Comunitaria de TECHO Perú, creando un área desde cero. En pocos meses, su equipo cumplió todos los objetivos anuales, convirtiendo al país en referente latinoamericano en gestión comunitaria, liderazgo social y trabajo permanente en asentamientos humanos. Llegó a liderar cerca de 200 personas voluntarias.

Ese crecimiento acelerado vino acompañado de una crisis personal. El año 2016 fue un año de revisión profunda: inició acompañamiento psicológico,

cambió hábitos, volvió al teatro, incorporó prácticas como el yoga y realizó un viaje transformador a la Amazonía. Desde entonces, el cuidado de su salud emocional se volvió una decisión consciente y permanente. La terapia se convirtió en una herramienta clave para fortalecer su identidad, sostener sus valores y enfrentar contextos de alta exigencia sin perder autenticidad. Es un proceso que continúa hasta hoy.

Poco después asumió la Dirección Social de TECHO Ecuador y luego la Dirección General. Migró a Guayaquil, enfrentando resistencias por ser extranjero y un hombre gay visible, pero impulsando transformaciones profundas. Innovó en modelos de vivienda, infraestructura comunitaria y soluciones sostenibles. En medio de una crisis financiera, lideró —junto a un equipo mayoritariamente de mujeres— el rescate institucional de la organización. Paralelamente, coordinó el proyecto internacional Global Youth Advocacy, formando jóvenes líderes en seis países y trabajando en procesos de incidencia política en América Latina y Europa.

En 2019 decidió cerrar ese ciclo para cumplir un sueño postergado: estudiar el Máster en Asesoramiento de Imagen y Consultoría Política en la Universidad Camilo José Cela, en Madrid. Fue una experiencia intensamente práctica, con simulaciones completas de campaña y gobierno y viajes académicos a Bruselas, París, Ciudad de México y Miami. Se graduó en primer lugar, con mención sobresaliente, y ganó las elecciones simuladas integrando su identidad y valores al liderazgo que representaba.

Regresó al Perú en 2020. Una conversación que buscaba solo consejo terminó llevándolo al Congreso de la República. Trabajó primero en el despacho de una congresista del Partido Morado y luego, entre 2022 y 2025, como técnico parlamentario, liderando comunicaciones y representación ciudadana. Recorrió regiones como Piura y Ucayali, articuló con autoridades, líderes comunitarios y sindicales, y participó en la elaboración de proyectos de ley. Su objetivo siempre fue claro: conocer el Congreso desde dentro para entender qué debía cambiar.

En paralelo, construyó su militancia en el Partido Morado desde cero. Asumió responsabilidades progresivamente hasta convertirse en Secretario Nacional de Formación del Talento y luego en Secretario Nacional de Comunicaciones. En 2025 renunció al Congreso tras un desacuerdo ético profundo con una decisión política que consideró incongruente con sus principios, optando por dedicar todo su tiempo al fortalecimiento del partido y a la reconstrucción de la confianza ciudadana.

Como parte de ese trabajo, creó La Academia Morada, el primer reality juvenil político del mundo, formando a 24 jóvenes de todo el país, varios de los cuales hoy son candidatos al Congreso y a la Vicepresidencia.

Su trayectoria se complementa con una sólida formación en el trabajo con personas: cuenta con diplomados en Gestión de Recursos Humanos y en Masculinidades y Violencia de Género, formación que explica su aproximación ética y empática a los temas de sexualidad, género y derechos humanos. Ha sido parte de la Escuela Empodera de PROMSEX, de dos Encuentros de Liderazgos Políticos LGBTI de las Américas y el Caribe (en Ciudad de México y Lima), y ha cursado programas especializados como el curso de Mercados Informales de Suelo y Regularización de Asentamientos en América Latina del Lincoln Institute of Land Policy.

Ha sido becario de la Fundación Konrad Adenauer, Fundación Ciudadanía Inteligente, Victory Institute y otros espacios de formación política internacional.

Además, mantiene un vínculo permanente con el teatro y actualmente forma parte del elenco de improvisación teatral de la escuela La Mancha Impro, una práctica que complementa su formación comunicacional, emocional y creativa.

Alonso Cornejo está en política porque siempre lo estuvo. Porque aprendió desde niño que la representación es servicio, que la ética importa incluso cuando cuesta y que la política solo tiene sentido si mejora la vida de las personas. Su camino no es el de quien improvisa, sino el de quien decidió involucrarse, hacerse cargo y no conformarse nunca con migajas.